La arriesgada apuesta militar de Estados Unidos, alentada por la prolongada guerra de Israel contra Irán y presentada con promesas de una victoria decisiva, ha desencadenado una crisis económica cuyos costos están recayendo sobre los hogares, las empresas y las economías en desarrollo.
El Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA, por sus siglas en inglés) estima que los consumidores de todo el mundo han pagado 468 000 millones de dólares adicionales por gasolina y diésel desde el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, el pasado 28 de febrero.
De esa abultada suma, 160 000 millones de dólares corresponden a Estados Unidos, lo que representa aproximadamente un tercio del incremento mundial, pese a ser el mayor productor de petróleo del mundo.
Los consumidores estadounidenses han asumido un gasto adicional de 471 dólares por persona, casi ocho veces más que el promedio mundial estimado, de 60 dólares. Por su parte, los consumidores chinos han soportado un sobrecoste de 54 000 millones de dólares, mientras que en Canadá este asciende a 17 000 millones.
Las cifras, que abarcan 169 países, ponen de relieve el enorme impacto económico de una agresión militar no provocada, cuyas consecuencias se han extendido mucho más allá de las fronteras de Irán.
Estas cifras reflejan el sobrecoste que han tenido que asumir los consumidores en combustible para sus desplazamientos cotidianos, sin incluir todavía las repercusiones económicas más amplias que se propagan a través de la electricidad, el transporte de mercancías, la aviación, la industria manufacturera, la agricultura y el comercio internacional.
La evaluación publicada por el CREA el 26 de octubre ofrece una perspectiva reveladora sobre cómo la decisión de Washington de declarar la guerra ha desencadenado una conmoción económica que se extiende por varios continentes.
La principal contradicción radica en que Estados Unidos, pese a contar con la mayor industria petrolera del mundo, se ha convertido en el país que más contribuye, a escala nacional, al coste de una crisis energética vinculada a su propia intervención militar.
La producción nacional de petróleo ha protegido poco a los hogares estadounidenses frente a los precios fijados en los mercados internacionales. Entretanto, las empresas y los consumidores de Europa, Asia y las economías en desarrollo también han tenido que hacer frente a presiones similares.
La catástrofe económica no puede desligarse de las ambiciones imperiales y los cálculos belicistas de Washington, que llevaron a Estados Unidos a precipitarse en una confrontación innecesaria con Irán.
Durante años, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, ha perseguido de manera persistente una confrontación militar con Irán, al que ha presentado como una amenaza existencial mediante reiteradas afirmaciones infundadas sobre su programa nuclear.
Netanyahu aprovechó el afán del presidente estadounidense, Donald Trump, por lograr victorias históricas, al presentar el ataque contra Irán como una misión destinada a salvar al pueblo judío de una amenaza existencial. De este modo, sedujo al volátil mandatario estadounidense con una visión mesiánica de conquista, gloria histórica y hegemonía de Estados Unidos.
La promesa de obtener enormes beneficios económicos y geopolíticos mediante la conquista de un país que alberga algunas de las mayores reservas conjuntas de petróleo y gas del mundo caló hondo en un presidente cuyo reciente éxito en la invasión de Venezuela había reforzado su apetito por las victorias fáciles, el control de los recursos y los beneficios derivados de un cambio de régimen.
Sin embargo, aquellas promesas han desembocado en una guerra devastadora, cuyas consecuencias económicas están recayendo sobre los contribuyentes estadounidenses, los hogares europeos y las economías de todo el mundo en desarrollo.
El estrecho de Ormuz se convirtió en el principal canal de transmisión de los efectos de la guerra a los mercados internacionales, poniendo de manifiesto la extraordinaria vulnerabilidad del comercio mundial ante las interrupciones en corredores marítimos de importancia estratégica.
Aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el mundo suele transitar por este estrecho, por el que también circulan importantes cargamentos de gas natural licuado (GNL) y fertilizantes destinados a los mercados internacionales.
La crisis energética ha trascendido el mercado del petróleo crudo, ya que los ataques estadounidenses contra infraestructuras de la región y las restricciones al tráfico marítimo han afectado simultáneamente a la capacidad de refinación, el suministro de gas natural y la disponibilidad de productos derivados del petróleo.
Según la evaluación del CREA publicada en octubre, los precios del diésel han aumentado en 149 países, mientras que los de la gasolina han subido en 148, lo que evidencia el alcance geográfico de las perturbaciones.
Los daños sufridos por las refinerías y la interrupción de las exportaciones han agravado el impacto inicial de las fluctuaciones del precio del crudo, obligando a las empresas de transporte, los productores agrícolas, los fabricantes y los consumidores a afrontar unos costes operativos considerablemente más elevados.
En otra evaluación publicada en agosto, el CREA estimó que los países importadores de combustibles fósiles habían soportado gastos adicionales de aproximadamente 330 000 millones de dólares en petróleo crudo transportado por vía marítima, productos derivados del petróleo y gas natural licuado durante los seis meses anteriores.
Esta estimación de los costes de importación corresponde a una categoría económica distinta de la utilizada para calcular los 468 000 millones de dólares adicionales gastados en gasolina y diésel, por lo que ambas cifras no deben sumarse.
No obstante, los dos informes ponen de manifiesto que las consecuencias financieras de la guerra van mucho más allá de los costes directos de las operaciones militares.
El impacto económico se hace cada vez más visible en las manifestaciones y huelgas registradas en Estados Unidos y Europa, donde los hogares deben hacer frente al encarecimiento del coste de la vida, mientras aumentan las partidas destinadas al gasto militar.
Europa se ha visto sacudida por protestas multitudinarias, en un contexto de enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas policiales. El encarecimiento del coste de la vida, la escalada de los precios de la energía y el rechazo al aumento del gasto militar han alimentado el creciente malestar social por las consecuencias económicas de la guerra.
La magnitud de las repercusiones financieras resulta aún más evidente al considerar conjuntamente los gastos directos y las pérdidas más amplias de producción económica proyectadas por investigadores independientes.
Los 468 000 millones de dólares de gasto adicional mundial en gasolina y diésel estimados por el CREA, sumados a los 47 100 millones de dólares en gastos militares reconocidos por el Pentágono hasta el 16 de octubre, representan ya un total aproximado de 515 100 millones de dólares.
Este cálculo deja fuera numerosos costes adicionales, entre ellos la interrupción de la producción, la destrucción de infraestructuras, las pérdidas comerciales, el encarecimiento de los seguros y el deterioro de las condiciones para la inversión internacional.
Sin embargo, una cifra permite dimensionar aún mejor el impacto potencial de la guerra. El Instituto para la Economía y la Paz, en su análisis del Índice de Paz Global 2026, estima que el conflicto podría ocasionar al mundo una pérdida de 1,3 billones de dólares en PIB durante 2026, en un escenario de guerra prolongada.
Si las hostilidades se reanudan y el estrecho de Ormuz permanece cerrado durante seis meses o más, las pérdidas estimadas ascenderían a unos 3,5 billones de dólares.
Estas proyecciones revelan la enorme magnitud de la destrucción económica que podría desencadenar una agresión militar, con repercusiones en la producción, el comercio, la inversión y el consumo a escala internacional.
En consecuencia, la reiterada presentación de la guerra por parte de Washington mediante anuncios puntuales de gastos militares de 40 000 o 50 000 millones de dólares oculta una carga económica internacional mucho mayor.
La victoria rápida prometida y los extraordinarios beneficios anunciados han dado paso, en cambio, a cientos de miles de millones de dólares en gastos adicionales y a una reducción proyectada de un billón de dólares en la producción económica mundial.
La principal injusticia de esta propagación de los costes económicos radica en que quienes soportan las mayores cargas sociales y financieras son, en su inmensa mayoría, quienes no autorizaron la intervención ni tuvieron influencia alguna en la definición de sus objetivos estratégicos.
Los contribuyentes estadounidenses financian las operaciones militares, los hogares europeos soportan las consecuencias de las crisis energéticas, los países en desarrollo afrontan un deterioro de sus facturas de importación y los agricultores de todo el mundo se enfrentan a una creciente incertidumbre sobre la producción agrícola.
El coste final no se medirá únicamente en dólares gastados en combustible, misiles y operaciones militares, sino también en medios de subsistencia perdidos, inversiones aplazadas, servicios públicos recortados y oportunidades económicas sacrificadas durante generaciones.
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