Publicada: jueves, 29 de octubre de 2026 15:31

Los resultados preliminares de las elecciones generales de Israel muestran que Benjamín Netanyahu, el veterano primer ministro, aventaja a su rival, Gadi Eisenkot, exjefe del estado mayor del ejército, pero todavía no ha logrado la mayoría de los escaños parlamentarios.

 Por: Xavier Villar

 Con el 85 % de los votos escrutados, el Likud de Netanyahu y sus aliados de la extrema derecha y los partidos ultraortodoxos se encaminan a obtener 53 de los 120 escaños de la Knéset (parlamento israelí). El partido Yashar de Eisenkot y otros tres partidos no árabes de su bloque sumarían 48 escaños; el resto, hasta completar los 120, correspondería a escaños árabes no alineados con ninguno de los dos bloques. 

Ambos líderes han declarado que intentarán formar un gobierno de coalición. 

El presidente probablemente encargará a Netanyahu, como líder del partido más votado y del bloque con más escaños, la formación de un gobierno. Si no consigue reunir el apoyo de 61 diputados, Eisenkot podría recibir entonces el encargo. 

Eisenkot no puede desbancar a la coalición de Netanyahu sin recurrir a los partidos árabes. En la historia de Israel, sólo un partido árabe ha apoyado a una coalición de gobierno en una ocasión: el respaldo de Ra'am al gobierno de Bennett en 2021. Se espera que esta vez Ra'am obtenga apenas cuatro escaños. La Lista Conjunta, sin embargo, que tradicionalmente se ha mantenido en la oposición, podría conseguir hasta 12. 

Esto significa que, para formar gobierno, Eisenkot necesitaría el apoyo de la Lista Conjunta. Por ahora, sin embargo, dos de sus aliados, Lieberman y Bennett, se oponen firmemente a cualquier alianza con los partidos árabes. 

Si ni Netanyahu ni Eisenkot consiguen reunir una mayoría, Israel podría volver a las urnas. Este escenario no supondría necesariamente una derrota para Netanyahu. Al contrario, podría ofrecerle la oportunidad de ganar tiempo, reconstruir la coalición de derechas y modificar la agenda política. En semejante contexto, una gran crisis de seguridad podría eclipsar todas las demás cuestiones, movilizar a la sociedad y desplazar las preguntas sobre la actuación del Gobierno. 

Es aquí donde Irán entra en juego. Netanyahu podría intentar aprovechar la visibilización de una “amenaza exterior” para obligar a parte de sus adversarios a cooperar con él. 

En este sentido, varios medios iraníes, como el diario Khorasan, han apuntado que la salida de Netanyahu del gobierno beneficiaría a Irán, no porque su sucesor vaya a adoptar necesariamente una postura amistosa, sino porque la marcha de uno de los principales arquitectos de la confrontación con Irán, responsable de ordenar el asesinato de importantes dirigentes, reduciría la capacidad política y diplomática acumulada en la cúspide de esa confrontación. 

Sin embargo, este análisis no tiene en cuenta que las divisiones políticas entre ambas opciones no son lo suficientemente profundas como para hablar de un “cambio fundamental en el enfoque de Tel Aviv hacia Teherán” tras las elecciones. Cualquiera de las opciones políticas existentes en Israel, sean corrientes caracterizadas como de derechas, liberales o centristas, considera a Irán, en concreto su dimensión nuclear, como su principal amenaza. 

Es decir, lo que las separa son diferencias que podrían llamarse ónticas: distintas maneras de afrontar la “amenaza iraní”, pero no sobre su existencia ni sobre la necesidad de combatirla, que no cambia en ninguna de ellas. En una entrevista concedida antes de la celebración de las elecciones, Eisenkot afirmó que el cambio del sistema político iraní no debería establecerse como un objetivo directo de la guerra. “No es correcto convertir el cambio de régimen en un objetivo bélico”, declaró. 

En cambio, defendió centrar los esfuerzos en las capacidades militares y regionales de Irán: “Lo correcto es destruir el programa nuclear iraní, su programa de misiles y sus fuerzas subalternas”. Eisenkot añadió: “Y sé cómo hacerlo”. 

Si Eisenkot logra construir una coalición duradera, lo más probable es que la transformación se produzca en el estilo de gobernanza, más que en una redefinición sustancial de la política exterior. Cabe esperar que dé prioridad a la rendición de cuentas por los acontecimientos del 7 de octubre, la recuperación de la confianza en las instituciones, una gestión de las crisis más acotada y selectiva, y la reducción de las tensiones internas. Sin embargo, en cuestiones como Gaza, Irán y la seguridad, las diferencias con Netanyahu probablemente sean menos profundas en el plano de los objetivos políticos que en el estilo de gobernanza y la estructura de los procesos de toma de decisiones. En Gaza, sobre todo, la continuidad es nítida: ninguno de los dos bloques cuestiona el genocidio ni sus objetivos. 

¿Qué tipo de diferencias separan, entonces, a uno y otro bloque? Las concretas, las de las políticas y las decisiones —las que podrían llamarse ónticas— son las visibles. Sin embargo, es la dimensión ontológica, la política en sentido fuerte, la que articula esas diferencias en un conjunto coherente: una continuidad más profunda en la lógica y la estructura del poder que subyace a los cambios superficiales. 

Esto mismo se aplica a la política racista de ambos y, en general, a todos los partidos políticos israelíes y a la sociedad en su conjunto. Si hay algo en lo que la sociedad israelí puede estar de acuerdo, es en el genocidio.